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Frente a la desertización intelectual
reinante, el retorno hace dos años de KIKÍ D’AKÍ se
nos antojó como el acontecimiento musical de la última década.
Símbolo del frenesí imaginativo de una época, la dulce
KIKÍ D’AKÍ (sobrenombre artístico que nos retrotrae
a la modelo y cantante de los años veinte y treinta, Kikí de
Montparnasse, amiga y musa de Cocteau, Hemingway, Man Ray o Max Ernst)
es un mito de rompe y rasga y toda una heroína del pop de los ochenta.
Los trabajos de la polifacética María José Serrano
al frente de Las Chinas y de KIKÍ D’AKÍ nunca han llegado
a habitar los anales del olvido ya que afortunadamente han surgido rendidos
y acérrimos admiradores. Durante los casi veinte años de
silencio discográfico se mantuvo la llama encendida y su cosquilleo
de melodías ha sido detonante de muchas fidelidades y bálsamo
vital para muchos en tiempos malos. Y es que KIKÍ D’AKÍ cantó algunas
de las canciones más bonitas y evocadoras que se han compuesto en
el pop español (“Accidente”, “La ciudad y tú”, ”Unidad
de destino”… obras de Fernando Márquez publicadas por
los sellos Rara Avis y Nuevos Medios). En 2003 con un clima propicio y
bajo el amparo de Siesta se reveló el momento pletórico para
establecer nuevos istmos con el público a través de un disco
soberbio de pe a pa que tiene su continuación en 2006 con ‘Villa
Flir’ (siesta 212).
En 1988 KIKÍ se exilió voluntariamente tras los oropeles
(como Sandie Shaw) para dedicarse a la astrología (como Françoise
Hardy) y a su familia (su hija Diana y Sergio) tras una vida exotizante
y bohemia. Siempre adorable (como Julie Christie) Jose ha sido retratada
por Juan Carlos de Laiglesia en su libro “Ángeles de Neón” (Espasa,
2003) como “la dulce bibliotecaria que, se peinaba como Amélie
y vestía colores pop cuando cantaba con Las Chinas” o “ligera
y tierna, Kikí atesoraba celosamente las impresiones de su adolescencia
hasta convertirlas en lema resistente de irreductible perdedora”.
También Miguel Sánchez-Ostíz en su “Peatón
de Madrid” la glosa con afecto destacando su encanto.
De la mano del pintor y compositor Sergio López de Haro, la misteriosa
KIKÍ se ha entregado en cuerpo y alma a este proyecto. Su vuelta
no fue forzada ni impuesta por circunstancias extrañas. Quedaban
en el tintero una serie de canciones de la última etapa del grupo
que constituían todo un tesoro precioso e imperecedero. KIKÍ es
la caracola de la música de Sergio López de Haro y era sólo
cuestión de paciencia atar su talento a la imaginación poderosa,
sensitiva y coloreada de Sergio y propiciar un disco que reflejase el mundo
de KIKÍ y despejase los arcanos e incógnitas
Mi Colección (siesta 182) es una confesión personal que destapa
el tarro de las esencias. Se descubre la eterna juventud de la música
y las posibilidades del buen pop. Se trata de un repertorio que dejará boquiabierto
a más de uno que consta de siete inéditos de la última
etapa de KIKÍ D’AKÍ (de Sergio López de Haro),
una acertada revisión de “El futuro” junto a dos canciones
recientes de Fernando Márquez ‘el zurdo’ y dos nuevos
temas de Sergio para la ocasión.
Villa Flir ha sido una aventura que ha reunido los esfuerzos de
varios personajes sui generis, en donde el resultado felizmente, es mayor
que la suma de las partes. Aparte de su abnegada e inteligente concepción
hay que colgarle una medalla al emérito productor y genio Guille
Milkyway (La Casa Azul) que ha convertido el disco en la quintaesencia
estético-espiritual del pop y símil de que el futuro se presenta
más luminoso que nunca.
Sin duda Villa Flir es el disco más personal y sincero que han realizado.
Concebido como un cuento de hadas para adultos, "un érase una
vez" que requiere de cierta inocencia para su lectura y disfrute,
Villa Flir reúne once canciones de corte melancolico y vitalista,
clásico y experimental a un tiempo y que como todo lo bueno pretende
estar al margen de las modas y lejos del mundanal ruido. Tan libre, tan
desligado y tan propio. Las canciones son un canto a las cosas predilectas
que Sergio ama: el mar, la soledad, el hogar, las nubes, los encuentros
casuales y definitivos y esas tareas sin sentido llenas de significado
para cuyo empeño hemos venido a este mundo. A estas viñetas
y confesiones del notorio compositor y pintor, Jose les pone voz, como
si ella misma las hubiera escrito y con la prestigiosísima carta
del misterio.
Es obviamente una metáfora del corazón en las que como con
ojos de niño se abolen medida, proporción y lógica.
El centro y final del viaje es rojo y oscuro, como la casita del cuadro
de la portada, y es a su vez alegre como el ritmo de la cancion final,
leida en clave de soul continental (soul= alma , corazón) por Guille
Milkyway. Hay gran variedad y brillo en el conjunto final, a veces tierno,
a veces dulce, siempre enriquecedor.
Es hora de resetear los contadores de la historia del pop y empezar
con la escucha de este disco.
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