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  GOOD TO BE A STRANGER


Para los que no estén familiarizados con The Orchids, ni sean asiduos al legado de Sarah Records (esa institución tan honorable), se puede decir que su música es chispeante, diáfana, cuidada y brillante, sin doble fondo y con ese acento gremial y escocés tan acertado para el pop (a los artesanos del pop les favorece esa cuna y linaje). Tiene la chifladura benigna y combativa del C86 y del sonido Postcard y el terciopelo de melodías que buscan tanto los anticuarios del pop en letra pequeña. Good to be a stranger es un disco intenso (en absoluto hay un talante manso o de peso pluma) que sintetiza todas las cualidades del quinteto, sin trampas ni peros. Y no es que hayan permanecido estos años en sus estancias con los relojes parados, se aprecia en The Orchids una mayor solvencia, madurez y exigencia en los arreglos y composición. En cierta forma, The Orchids abrieron el camino a la perfección zen de otros grupos de los 90 (Belle and Sebastian, Trash Can Sinatras, Delgados o Holiday). Es justo decir que a muchos les recordarán a predecesores o contemporáneos como The Colourfield, Pale Fountains, Prefab Sprout, Go-Betweens, Orange Juice, Housemartins, Josef K, June Brides, Felt, Close Lobsters, Bodines o Bradford.  Después de más de una docena de años en la sombra, vuelven las orquídeas sin ansía de predicación y apostolado (¡Ay de esos actos de afirmación y melopea nostágica del “indie”!) sino como prueba inequívoca de que el talento que apuntaban se ha coronado por fín con 10 canciones perfectas, sublimes y conseguidas.  Siesta les presenta en exclusiva a uno de los grupos que incitó nuestra pasión por la música en su momento. La música siempre te hace recordar un tiempo que nunca existió (Wilde).
Pronto algunos de ustedes les verán en directo y es que las ofertas llueven desde Suecia, Francia, Reino Unido, Alemania, Grecia, Singapur y Estados Unidos. Es el mundo sin fronteras de internet, myspace y el revival.  También anunciamos de paso que publicarán una versión de un tema de The Go Betweens (Magic In Here) en el álbum de homenaje a Grant McLennan (Rare Victory Records, Estados Unidos).
La señorita Historia nos dice que el enigmático combo escocés tuvo sus humildes comienzos en  Penilee, un barrio de Glasgow, en el que tres de los fundadores dieron sus primeros pasitos musicales allá en 1986. Sus primeros seis singles y tres albumes recibieron en su momento el ansiado aplauso crítico, cierto que más estruendoso en el continente y en las latitudes lejanas pero curiosamente respetuoso en las Islas Británicas (en contraste al trato malévolo a otros nombres del sello de Bristol). Por cierto, LTM acaba de re-editar los discos de The Orchids, con numerosas canciones prestigiadas por su congéneres; una ocasión pintiparada para los grupos de rezagados y curiosos.  Los escoceses se graduaron con el suave  lo-fi de su primer LP, Lyceum, en 1989 (“Un clásico de minorías – no lo dejes escapar” señaló el NME) y pusieron la guinda con los estremecedores y progresivos sonidos de su tercer trabajo largo, Striving For The Lazy Perfection (“Música ágil, evocadora y  memorable” – Melody Maker) en el 94 con Ian Carmichael de One Dove como “sexto miembro” a cargo de los controles del estudio.
Entremedias publicaron Unholy Soul en 1991 (“La respuesta de Sarah Records al Pet Sounds de The Beach Boys”) y algunos de los singles y EPs  más efervescentes y originales del indie-pop de la época. Siempre queda la posibilidad de echar mano de los clichés y decir que se adelantaron a su época y tal. En cierta forma el sencillo en un tiempo, más allá de la terquedad por aupar el formato, fue la puesta en escena de una faceta diferente a los ringorrangos de los discos larga duración. De paso se le daba a los fans un mayor valor a su dinero y brotaban joyas irresistibles que aún hoy son fuente de admiración de sus leales seguidores como Something For The Longing y su single de despedida Thaumaturgy que cobra especial relieve en 1993.
Reformados en 2004 tras una ruptura y chasco de proporciones similares a las del caso Paddy McAloon, deciden entonar el regreso al mermado panorama desde sus feudos y con la humildad de los reyes destronados. En Septiembre de 2005 inician la grabación de su nuevo álbum en los estudios Riverside, cónclave y lanzadera de otros fenómenos locales como Travis, Teenage Fanclub, BMX Bandits, Astrid, Isobel Campbell o Trash Can Sinatras. Compuesto por James Hackett,  Good To Be A Stranger revive gestas del pop armónico, de los discos que se dejan escuchar y fomentan el abuso del botón de repeat. Sí,  es un placer continuo de pé a pá, una obra redonda y laboriosa que les pone a nivel de los grandes. El asidero resbaladizo de la esperanza no engaña, Good to be a stranger no está hecho para la manada ni para las multitudes pero sí puede rebasar el radio habitual de aficionados al pop que como los personajes de Heroes salvarán este mundo de su aniquilación.
“El mejor grupo de pop escocés desde Orange Juice” – Melody Maker
“Mezcla dichosa y acertada de los mejores conjuntos escoceses de los últimos años” – NME”


 
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