Decir que Pedro Vigil tiene una negra inquietud puede sonar alarmante; no me refiero a un instinto sádico o a una pulsión psicópata, sino a cierta tendencia no disimulada hacia los sonidos negroides que han convertido la música popular del siglo XX en algo distinto y... mejor. Todos sabemos que el gospel y el blues están en el inicio del rock, pero con tan sabrosos mimbres, la blanca América fue capaz de desarrollar una música neutra e inocua. Afortunadamente, Detroit, Philadelphia y muchas otras ofrecieron actitudes, arreglos y propuestas que abrieron todo un abanico de sensaciones; las canciones también podían ser calientes, sedosas, barrocas, excesivas o todo ello al mismo tiempo. Vigil recogió el guante de aquel desafío, con el valor añadido de hacerlo, no sólo a miles de kilómetros del epicentro original, sino en plena vorágine alter-indie.

La idea era facturar música ambiciosa que se deslizara por el más delicado soul sin chirriar; no es que sean pocas las formaciones de nuestro país que se han teñido de funk pegajoso y granulado, pero los ejemplos escasean según se va estilizando la intención a base de arreglos de cuerda reales, falsetes integrados, percusión de raíces, vientos sólidos y melodías complejas. Con más intuición que experiencia y apoyados en un incontestable conocimiento del terreno que pisaban, Pedro Vigil y Luigi Navarro graban en 1997 el EP «Baloncesto», cuatro temas que asientan los cimientos de una carrera de fondo y que ellos mismos definen como «cuatro canciones con buenas ideas, pocos medios y mucha ilusión» .

Al borde del cambio de milenio, Edwin Moses ficha a Pablo Errea para que se haga cargo del micrófono; el navarro encaja como un guante y el grupo comienza a grabar su primer álbum, que aparecería publicado en 2000 con el mismo nombre que la banda. En la hoja interior del CD desarrollan la fabulosa historia de un homónimo artista de Chicago, supuesto autor de los temas que interpretan, como una apócrifa pantalla de humo desde la que acometer su propio repertorio. Los más despistados siguen preguntando por el saltador de vallas, los más listos aseguran tener discos del falso soulman y los más perezosos dejan pasar de largo un álbum que vendió casi 6.000 copias en Japón. «I'll be around», que acabaría incluida en la banda sonora de la película «All about Lily Chou-Chou» del director Shunji Iwai, se erige como temazo referencial y futura apertura de ese recopilatorio que algún día llegará.

Aunque la dispersión geográfica de los miembros del combo y la complejidad de sus grabaciones dificultan la posibilidad de actuar en directo, el grupo sigue componiendo y preparando «Love turns you upside down», segundo álbum que vería la luz en 2003. Es habitual que en cada disco nuevo, los críticos citen referencias ya conocidas para orientar al oyente; en este trabajo de Edwin Moses, la crítica nombra a Curtis Mayfield, Marvin Gaye o los Isley Brothers. ¿Un grupo de Gijón con un cantante de Pamplona que graba en Cádiz quiere sonar a Mayfield o Gaye? Quien no los hubiera escuchado o visto en directo podría pensar que se trataba de unos chiflados pretenciosos, pero el movimiento se demuestra andando y el soul tocando, por eso el tremendo «(I'm feeling) So much better» aparece de nuevo como single delicioso, un crescendo de poco más de tres minutos que habla por sí solo. La producción del disco, acorde con las intenciones del repertorio, es ambiciosa y las melodías de sus temas pegajosas; por algo la prestigiosa revista inglesa Mojo tuvo a bien concederle la máxima calificación de cinco estrellas. La lenta pero segura gira de presentación del disco (podría haberse llamado «The Love Train Tour» si se permite el chiste) ofreció un espectáculo sin fisuras con un sexteto (guitarras, bajo, batería, viento y teclados) capaz de defender en directo el minucioso trabajo desarrollado en estudio.

2006 es el año del tercer disco de Edwin Moses, que sigue tirando de la ya enorme fábula para adjudicarle a su alter ego una conversión al Islam que justifique «The gospel african years of Jamal Nafsum». En Japón lo esperaban con ansiedad.

Texto de Pepe Colubi



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